Emociones, las grandes olvidadas

27.03.2021
Mujer conectando con sus emociones en un ambiente tranquilo

Existe la creencia, no muy reflexionada, en la generalidad de la población, de que las personas somos una mente a la que acompaña un cuerpo para hacerla funcional; en realidad, esto no es así: somos un todo. El cuerpo es muy sabio, todo funciona milimétricamente, nuestro organismo es perfecto.

Somos una sociedad educada para atender el sufrimiento corporal desde la única perspectiva de la medicina convencional, para la cual el terreno emocional es cuasi inexistente.

Por ejemplo, sabemos interpretar la fiebre. La fiebre es el signo que nos avisa de que algo no va bien en nuestro organismo, es el momento de poner atención para encontrar el remedio adecuado. Y no es habitual que nos abandonemos a la fiebre, es decir, que la ignoremos, porque sabemos que hay que atenderla para no agravarnos.

El cuerpo nos proporciona toda la información necesaria para atenderlo; sin embargo, hemos validado por aprendizaje solo una parte de esos signos y síntomas, los que tienen que ver con nuestra fisiología.

Las emociones son las grandes olvidadas. Es el mismo cuerpo, al que sí escuchamos en sus mensajes fisiológicos, el que nos manda igualmente todo tipo de señales de cómo estamos emocionalmente, de qué necesitamos cuidar, no solo por medio de estados anímicos, sino de síntomas físicos, pero un analfabetismo emocional nos impide escucharnos, interpretarnos y atendernos en estas necesidades.

Sin embargo, al nacer, lo hacemos con toda la inteligencia emocional intacta. Es en el contacto con el entorno donde esta se empieza a atrofiar, cuando los adultos que nos rodean van contra nuestra naturaleza, frustrando la expresión de nuestras necesidades:

  • No se llora.
  • No te enfades.
  • Ahora no se salta.
  • No...
  • No...

En nuestro inconsciente se almacena la información de dar prioridad a lo que se nos dice desde fuera con el fin de ser aceptados, y estos mandatos están por encima de nuestras propias necesidades.

Un ejemplo de cómo dejamos de atender nuestra necesidad es el siguiente: todas las personas tenemos una hormona llamada leptina, que se encarga de enviar la orden al cerebro de cuándo estamos saciadas y no necesitamos comer más. Es decir, la ingesta de alimentos es proporcional a la energía consumida. Comer por encima de complacernos tiene que ver con la nutrición. De hecho, los bebés, entre sus primeras formas de comunicarse, aprenden a decir no girando la cabeza cuando no quieren recibir más comida. Pero las personas adultas tenemos otros niveles que se rigen por la cantidad que entra en un biberón o un platito, que nada tiene que ver con la naturaleza.

Una vez más aprendemos que, por encima de nuestros instintos, tenemos que obedecer la voz externa que nos dice, creyéndose más sabia que la propia naturaleza, lo que tenemos que hacer.

Es así como dejamos de escucharnos, de complacer nuestras necesidades, para agradar a nuestro entorno, y esto nos va generando una insatisfacción interna que se puede manifestar en forma de tristeza o enfado. E incluso, como todo esto no se contempla, no sabemos qué nos ocurre. Solemos decirnos cosas como: «Si tengo lo que necesito: trabajo, familia... ¿Qué me pasa?». Porque la parte emocional es inexistente para la mayoría de las personas.

Las emociones también nos dan muestras de malestar corporal. Por ejemplo, la rabia o la angustia las podríamos localizar entre la garganta y los intestinos si supiésemos escucharnos, pero, como ocurre con la hormona leptina, no hemos desarrollado la escucha emocional.

Es entonces cuando viene la fiebre de las emociones, que se llama ansiedad, y esta no viene tal como se la conoce, con signos que nos asustan, como la falta de aire para respirar. Por ejemplo, al igual que la fiebre, antes de llegar a una hipertermia, comienza en una febrícula, la ansiedad viene de a poquito con la «febrícula», pero, al no atenderla, sigue en progreso hasta que desarrolla una sintomatología que ya no podemos ignorar.

La ansiedad es el conjunto de síntomas que nos indican que tenemos que atendernos emocionalmente porque estamos sufriendo y, de continuar así, nuestra situación va a ser grave, pudiendo provocarnos incluso enfermedades. Aquí podría hablaros de cuántas de nuestras enfermedades o lesiones tienen un origen psicosomático.

Como terapeuta emocional, esto que acabo de contar está en la base del trabajo que realizo, porque tiene que ver con el autoconocimiento: conocer cuándo y para qué dejé de atenderme, de darme prioridad, entender cómo esto dificulta el autoapoyo, generando una dependencia emocional externa.

Tomar conciencia, darnos cuenta de cómo ha sido en nuestro caso, adquirir herramientas para poder reeducarnos y después poder decidir, con todo el conocimiento, qué queremos hacer con todo esto, sin duda nos hace un poco más libres.

Miguel Á. Cuerva

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